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sábado, 9 de mayo de 2015

HA 6 UD 08. El urbanismo del siglo XIX.

HA 6 UD 08. EL URBANISMO DEL SIGLO XIX.
El urbanismo del siglo XIX.
La Revolución Industrial y los nuevos programas urbanísticos.
Los ensanches.
Comentario: Ildefons Cerdà y el Plan de ensanche de Barcelona.
Propuestas y realizaciones del urbanismo en la España contemporánea.


Comentario: Ildefons Cerdà y el Plan de ensanche de Barcelona.
El Proyecto de Reforma y Ensanche de Barcelona, que Ildefonso Cerdá ideó en 1855-1859, fue aprobado por el Gobierno de Madrid y rechazado por el Ayuntamiento de Barcelona, que prefería un proyecto más conservador (se concentraba el tráfico en la ciudad medieval) de Rovira i Trías. El Gobierno central impuso en 1860 el de Cerdá, con acierto visto con perspectiva histórica.

Mapa del Plan de Ensanche de Barcelona (1860).

Una visión en la teoría.

Una visión en planta de la realidad.

Una visión en escorzo de la realidad

PROPUESTAS Y REALIZACIONES DEL URBANISMO EN LA ESPAÑA CONTEMPORÁNEA.
Apuntes sobre un curso de doctorado dirigido por Miguel Seguí Aznar, profesor de la UIB.
SIGLO XIX: ENSANCHE Y SANEAMIENTO DE CIUDADES.
Comentario de: Solà-Morales Rubió, Manuel de. Siglo XIX: Ensanche y saneamiento de ciudades (160-181), Cap. VII de AA. VV. Vivienda y urbanismo en España. Banco Hipotecario. 1982.
INTRODUCCIÓN.
El autor apuesta por la entidad del urbanismo español en el siglo XIX, entre 1801 y 1900, tanto en el campo de las ideas como de las realizaciones urbanas, con una etapa de extraordinaria calidad entre 1840 y 1870. Pero cree que hay una cesura cronológica importante hacia 1870, coincidiendo con la crisis política devenida con la Revolución de 1868.
La importancia de esta etapa de urbanismo progresista es que contribuyó al cambio de imagen de la ciudad, con un marcado carácter ideológico: eran «propuestas de un grupo social dominante, difundiendo la ilusión liberal de un futuro alternativo, basado en el progreso y en la razón» [161]. La etapa de esplendor del progresismo burgués estuvo marcada por cuatro hechos: 1) la Ley de alineaciones, de 1842-46, 2) el Plano y la Memoria del Ensanche de Barcelona, de 1859, 3) los ensanches de Madrid, Bilbao y San Sebastián, 4) la Ley de Vivienda de 1861-64. Un error llamativo del autor o de la imprenta es denominar así a la Ley de Ensanches de 1861-64, por confusión con la de Vivienda de 1864, así como las contradicciones en la fechas, como en la Ley de alineaciones, que se data en 1842 [161] y en 1846 [162].
Pero junto a estas realizaciones, hay otras que siguen la estela del urbanismo conservador del siglo XVIII. Es un urbanismo que es conservador en lo ideológico, pero «radical en su inserción espacial y en la significación de pública y social de su resultado» [161], de lo que son ejemplos tres tipos de obras: 1) las plazas porticadas de Vitoria, La Coruña, Barcelona, Bilbao, San Sebastián, Pamplona, Gijón, etc., aprovechando la liberación de terrenos provocada por la desamortización y siguiendo la tradición barroca en la definición de las plantas de los Churriguera, 2) las reformas portuarias (complementadas con reformas urbanas en su entorno) de Málaga, Cádiz, La Coruña, Vigo, Santander y Tarragona, provocadas por el aumento del comercio marítimo y la llegada del ferrocarril a los puertos, 3) la construcción de los paseos, alamedas y espolones extramuros en las ciudades de Madrid, Barcelona, Málaga, Granada, Burgos, Vitoria, Valladolid, Gerona, Palma de Mallorca, etc., para solaz de la burguesía, siguiendo las pautas de los paseos del siglo XVIII.
En suma, hay un eclecticismo en este urbanismo conciliador entre el espíritu dieciochesco y romántico, y el espíritu decimonónico y progresista, que deben atenerse a las demandas de una realidad cambiante pues en este siglo se producen los grandes cambios demográficos y económicas en las ciudades, vertiginosos entre los decenios de 1830 y de 1930, cuando en esta última fecha se entra en los planteamientos de la actualidad, y «los problemas de edificación de viviendas empiezan a dominar toda obra constructiva de la ciudad, y los planes urbanos se diluyen por tanto en tratamiento especializado del crecimiento por funciones, zonas, grupos o polígonos [162]».

1854-1868: EL ENSANCHE DE LAS CIUDADES.
En este periodo «se produce en España una de las experiencias más peculiares del urbanismo del siglo XIX, confiriendo al proceso de urbanización español formas originales, bien distintas de las de los países del Norte de Europa» [162].
Para el autor hay cuatro acontecimientos esenciales: 1) el Plan Cerdà de 1859, 2) la Ley de Ensanche de 1861-1864, 3) los ensanches de Madrid, Bilbao y San Sebastián, 4) la obra de Cerdà, Teoría General de la Urbanización (1867).
1.-El Plan Cerdà para el Ensanche de Barcelona se basó en los estudios técnicos del Plano y la Memoria, que se realizaron en 1854-59 y el Gobierno central aprobó en julio de 1859 el proyecto del ingeniero y urbanista Ildefonso Cerdà (1815-79). Muy estudiado, lo que nos exime de desarrollarlo en profundidad, el Plan es una respuesta a la necesidad burguesa de ampliar la ciudad derribando las murallas medievales para evitar tener que crecer en altura. Plantea un sistema de calles de 20 metros de anchura (Barcelona tiene casi 200 km de calles de este ancho), según una rigurosa retícula ortogonal, sobre una extensión de 3 a 9 km del llano barcelonés (diez veces mayor que la superficie anterior), trabada a la ciudad antigua por el diseño de tres grandes avenidas en diagonal (Paralelo, Meridiana y Diagonal), con el Paseo de Gracia en el sentido Norte-Sur, para unir los barrios, dejando manzanas vacías para los parques públicos y los servicios. La modernidad de su planteamiento y la previsión de instituciones y mecanismos de gestión (reparcelaciones, cesión de viales, Comisiones de Ensanche), aseguró su éxito, constituyéndose en uno de los más modernos y armoniosos modelos de ciudad europea del siglo XIX.
Cerdà planea hacer una cuadrícula de manzanas achaflanadas, regulares en longitud y altura, con grandes patios ajardinados en los interiores de las manzanas, de las que diseña varios tipos (partidas por la mitad, triangulares, en forma de L, etc.). En el proyecto Cerdá la superficie construida se limitaba para beneficiar a la superficies viaria y libre, pero la especulación capitalista propia del siglo XIX y en especial de los diez años de la “fiebre del oro” (1876-86), alteró esta concepción gradualmente y hoy la ciudad es una de las más densas del mundo, al aumentar las alturas, reducir las zonas verdes y los patios, cerrar las manzanas irregulares... Así el volumen edificado en la manzana pudo pasar de 67.200 m3 a 294.771 m³., con lo que se cuadruplicaba con creces.
2.-La Ley de Ensanche de 1861. El debate fue muy duro, con grandes intereses económicos en juego, lo que explica que fuera modificada antes de su aplicación, y convertida en la Ley de Ensanche de Poblaciones de 1864, aplicada desde 1867. Ya había empezado el debate gracias a la Ley de alineaciones, de 1846 que seguía el ejemplo de la ley francesa de 1807, que obligaba a las ciudades principales a elaborar un “plano geométrico” con la descripción parcelaria de los ya existente y la previsión de nuevas construcciones urbanas.
La experiencia del Plan Cerdà llevó a la idea de extender sus mecanismos a la expansión de todas las ciudades, a fin de encauzar con unos principios comunes a todo el país la urbanización. Las obras de extensión urbana fueron declaradas de utilidad pública, lo que legalizó los procesos de expropiación tan necesarios para las reformas y extensiones urbanas. Para el autor «El papel intervencionista del gobierno central en la regulación de los problemas municipales en la construcción urbana es, desde entonces, uno de los hitos decisivos, característico de la ciudad capitalista» [164].
«El otro hito importante será la creciente relación entre la extensión urbana y el problema de la vivienda» [164]. Por ello, paralelamente, se desarrolló el debate sobre la Ley de Vivienda, aprobada en 1864, que consideró la protección de la vivienda como una obligación pública.
3.-Los ensanches de Madrid, Bilbao y San Sebastián. Los planes de ensanche se suceden, empezando por el de Madrid (1860), seguido por los de Bilbao (1863), San Sebastián (1864), Sabadell (1865), Elche (1866), el nuevo de Bilbao (1876), etc. «A través de estos trazados, se generalizaría una forma de crecimiento urbano que había de cambiar el paisaje del sistema urbano español, con modelos de enorme permanencia y cuya adaptabilidad continúa casi hasta hoy día» [164].
En Madrid (1860), Castro planteó una reforma inspirada por la de Cerdà, amigo y colega suyo. «Planteó el ensanche como una articulación de varias tramas circundando los sectores Este y Norte de la ciudad, con manzanas regulares no muy grandes, ocupadas por hoteles y villas de residencia poco intensa» [164].
En Bilbao (1863), Lázaro proyectó un ensanche muy generoso en dimensiones aprovechando la llanura al Sur del río Nervión, separado del Bilbao “Viejo” por el río y del Bilbao “La Vieja” por la estación de ferrocarril. Pero la guerra civil carlista (que no cejó hasta 1875) y las presiones de los terratenientes retrasaron su aprobación, hasta que se consensuó el proyecto de Alzola, Hoffemeyer y Achúcarro (1876), tras el cual comenzó la expansión, siempre río abajo.
En San Sebastián (1864), de Cortázar, es un ejemplo clásico de ensanche por lo acertado de sus resultados, con dimensiones controladas, una excelente unidad arquitectónica y una espectacular adaptación al relieve del río Urumea y la bahía de La Concha, lo que beneficiaría su dedicación al turismo de las clases privilegiadas de la Restauración.
Todos los ensanches estudiados tenían tres puntos en común: a) una densidad urbana media de 40 m² por habitante (bastante amplia y cómoda en contraste con los 20 o 12 de los cascos antiguos), b) una ocupación del suelo por mitades, c) la abolición de las calles estrechas (este sería el único que persistiría con los años, atenuados los otros por la especulación).
4.-La obra teórica de Cerdà, Teoría General de la Urbanización (1867). Cerdà comenzó a trabajar en él en 1857, coincidiendo con la redacción de la Memoria del Ensanche de Barcelona. Es el primer tratado teórico del término “urbanización”, entendiendo el urbanismo como un proceso continuo. El planeamiento se presenta como una aplicación racional de análisis científicos: soluciones técnicas de circulación, prioridades higiénicas para el alojamiento, subdivisión racional de los terrenos, estadística de las necesidades sociales. Cerdà hace estudios de la vialidad urbana, la manzana, etc.
Cerdà divide su obra en tres partes:
1. En los libros I y II, presenta la discusión histórica de las formas sociales y económicas de urbanización, llegando a la definición de la urbe moderna como un producto de la forma de urbanización “heterogéneamente combinada”. Es la parte menos interesante.
2. En el libro III, hace una distinción estructural de las partes de la urbe (distrito, suburbio, núcleo urbano), sus interrelaciones mutuas y un análisis específico de los elementos del núcleo urbano en particular, en el que define como elementos “secundarios” al solar, el edificio de viviendas y la parcela, y como elementos “primarios” a las vías e intervías.
3. En el libro IV, justifica las formas urbanas históricas como efecto de los cambios en la locomoción.

PECULIARIDADES DE LOS ENSANCHES.
Para Solà-Morales, los ensanches significaron: Una nueva idea de la ciudad. Una nueva actitud metodológica. Nuevos instrumentos. Una teoría.
Una nueva idea de la ciudad.
La ciudad debía responder al nuevo orden racional-liberal, de la civilización maquinista y capitalista que la burguesía, nueva clase dominante, aspiraba a reflejar igualmente en un urbanismo con rasgos propios: fachadas amplias y representativas, condición higiénica de la vivienda, acceso circulatorio preponderante, etc.
El ensanche permitió especializar en funciones a las urbes, al recibir el ensanche la función de gran ciudad residencial (para la burguesía), mientras la industria, el ferrocarril y las residencias obreras se trasladan fuera de los límites del ensanche o en espacios muy acotados y distantes.
La ciudad se concibe como un negocio, con un mercado inmobiliario activo, en el que la burguesía obtiene importantes plusvalías con la especulación, la urbanización y la construcción, los alquileres, las obras públicas, etc.
Una nueva actitud metodológica.
Se distinguen por primera vez las fases de ordenación del suelo, urbanización y edificación, superando la praxis poco teórica de las legislaciones anteriores (como las ampliaciones de las ciudades italianas o las Leyes de Indias de 1573). Estas fases son la plasmación de una nueva concepción de la urbanización como un proceso dinámico, diacrónico, con el objetivo último del lucro, que el poder público garantizará estableciendo los derechos y obligaciones de modo que la burguesía tenga una seguridad jurídica en sus expectativas de negocio. Habrá, en consecuencia, una clara división entre dos fases de gestión: a) pública, para la ordenación del suelo, b) privada, para la urbanización y edificación.
Nuevos instrumentos.
La ordenación se basa en el trazado y las ordenanzas. El trazado para el mapa topográfico en el que las calles se dirigen hacia los confines de la ciudad y las plazas esponjan el espacio. Las ordenanzas para fijar el repertorio de edificaciones, con sus variadas especificaciones. La Ley de ensanche de 1861 será el cuadro jurídico estable de toda esta normativa.
Una teoría.
Con la obra de Cerdà, Teoría General de la Urbanización (1867), aparece la primera reflexión urbanística con voluntad científica desde el Renacimiento. El término “urbanización” explicita una visión diacrónica del proceso urbano, una visión de la urbe como sujeto histórico, no estable en un tiempo congelado. La higiene y la circulación serán los dos grandes apartados de esta teoría de la urbe, con un análisis estructural de los elementos y relaciones entre estos, con un análisis empírico y estadístico de los datos. Es un enfoque analítico que representa la definitiva alba de una nueva ciencia, el urbanismo.

1880: EL SANEAMIENTO DE LAS CIUDADES.
En la segunda mitad del siglo XIX se plantea la reforma interior de las poblaciones, después de la feroces críticas a la insalubridad de las viejas ciudades góticas y barrocas, caracterizadas por «el hacinamiento, la falta de aire y sol, el estancamiento de los residuos y basuras, la insalubridad y escasez de viviendas en definitiva» [176]. Las epidemias de cólera diezman la población hacia en 1854, 1860 y 1880, pero todavía crecen casi todas las ciudades en el periodo 1860-80, aunque habrá un parón selectivo en 1880-1900, que no impedirá el crecimiento de Madrid, Barcelona, Valencia y Bilbao, en pleno desarrollo en los ensanches.
En respuesta a esta situación, hacia 1880 se inicia un cambio en la opinión pública, vuelta hacia los problemas de la sanidad de las poblaciones, de resultas de lo cual se acometen los grandes proyectos de servicios de saneamiento. El Cuerpo de Ingenieros de Caminos desarrolla para el Ministerio de Fomento unos estudios de servicios urbanos de alcantarillado y agua potable, y participan en el debate sobre el tema de la sanidad, que tiene visos de carácter ilustrado y utópico, pre-regeneracionista diríamos nosotros, siguiendo la ola de la polémica higiénico-urbanista que tanto había hecho por mejorar las condiciones de las ciudades británicas, pero con unos rasgos distintos en la España aún campesina y retrasada. Monlau y Cerdà en sus escritos, y los autores de las Memorias de los ensanches, defienden la necesidad de mejoras en la sanidad del agua y del desagüe, que asocian al «nuevo orden urbano» [178], no sólo por motivos higiénicos (el caso británico).
En los años 1890 los proyectos de saneamiento de García Faria y Uhagón para las ciudades de Barcelona y Valladolid, respectivamente, ya son planteamientos conservadores (como los de Madrid y Bilbao por esas mismas fechas), que reorganizan los servicios, pero que no se plantean cambios estructurales en las ciudades, cuyos ensanches están ya demasiado avanzados para poder variarse. Las cuantiosas inversiones públicas en estos servicios fueron, en todo caso, el «progreso material más positivo y socialmente más distribuido que el siglo XIX aportó a la mayoría de los ciudadanos» [178].
Pero el “saneamiento” no es sólo proporcionar unos correctos servicios de agua y alcantarillado. «La transformación urbana del siglo XIX llega a constituir un orden urbano definitivo porque, junto a estas aportaciones esenciales, introduce aquellos elementos del confort público que hacen del espacio urbano un ambiente más agradable y más útil» [178], por lo que se añadieron o multiplicaron el alumbrado público, pavimentación, parques públicos, etc. En definitiva, el “saneamiento” y el “ensanche” son las dos patas en las que se sostiene el urbanismo del siglo XIX y están estrechamente asociados al concepto de “reforma”, la reforma que llevó la modernidad y la urbanidad a las ciudades españolas, cambiando su carácter, dándonos el modelo que tenemos en la actualidad, con sus virtudes y defectos.

FUENTES.
Artículos.
Solà-Morales Rubió, Manuel de. Siglo XIX: Ensanche y saneamiento de ciudades (160-181), Cap. VII de AA. VV. Vivienda y urbanismo en España. Banco Hipotecario. 1982.
Terán, Fernando de. El caso del plan Cerdá. “El País” (28-III-2014) 31-32. Rememora el desarrollo de plan de ensanche de Barcelona, aprobado en 1860.