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Los etruscos estaban asentados en la región de Etruria (actual Toscana), en la parte superior de la Italia central. Su civilización nace
en el siglo IX aC a partir de una civilización lacustre, la llñamada cultura Villanoviense, llegada a Italia hacia los siglos XII-IX aC, que se asentaba sobre una
región entonces dominada por los pantanos y las charcas, y muchos de sus poblados se sitúan sobre palafitos (cabañas sobre pilones) en los lagos o en cerros elevados para una mejor defensa. Se reconoce este origen en que las primeras esculturas que produce imitan las
formas de sus casas, así como el poblado entero reproduce el Universo
concéntrico. Los villanovienses tenían ya una cultura del hierro,
A este fundamento itálico se añadió el aporte de uno o varios pueblos marítimos venidos de Asia Menor, con una cultura oriental aunque ya influidos por el contacto con la Grecia arcaica. En este sentido, algunos historiadores han asociado la historia del héroe troyano Eneas, huido a la caída de Troya, y antepasado de Rómulo y Remo, fundadores de Roma, con una leyenda etrusca sobre la llegada a Etruria de pueblos de Asia Menor. En la Antigüedad el historiador Heródoto preconizó este origen histórico como un mito de la emigración masiva de un pueblo tirreno desde la península de Anatolia en Asia Menorhasta la península itálica. Ciertamente hay pruebas de un origen anatolio: trazas de ADN de los pobladores toscanos actuales y de los restos de cementerios etruscos son análogas a las de habitantes de Anatolia, el idioma etrusco tiene muchas similitudes con uno anatolio, e incluso las famosas vacas toscanas tienen origen allí.
Lo más probable es que sobre una base social mayoritariamente itálica se superpusiera la inmigración de una élite militar y cultural procedente del Asia Menor, que se fusionara al poco tiempo con la población anterior.
Traslación del alfabeto etrusco al latino.
En todo
caso, la fusión de estos diversos elementos culturales produciría una cultura
homogénea y muy potente desde del 700 aC, próspera por las minas de hierro y
cobre, la agricultura y el comercio marítimo. Tenían una lengua oriental de
alfabeto griego; es poco conocida todavía, por la escasez de fuentes. Su
religión era oriental, aunque con muchas aportaciones griegas. Es un pueblo que
rinde culto especial a los muertos, que “vivían” en cuerpo y alma en las sepulturas,
por lo que se decoran con esculturas y frescos, al tiempo que su arquitectura
es muy planificada y funcional.
En los
siglos VII y VI fueron la potencia dominante en Italia y en mar del norte del
Mediterráneo occidental, pero en el siglo V perdieron el dominio del mar y
comenzó su decadencia, siendo lentamente sometidos por los romanos, quienes
comenzaron primero como una colonia etrusca, independiente en 504 aC, para
finalmente vencer en el siglo III. La cultura etrusca determinará de un modo
decisivo varios de los caracteres singulares de la romana.
Características
generales del arte etrusco.
Los
períodos del arte etrusco son principalmente dos, en paralelo a los griegos: el
arcaico y el clásico.
La
aparición de la civilización etrusca coincide con el período Geométrico griego,
tanto en Grecia como en el sur de Italia, que le transmite su cultura a través
del comercio marítimo, y Etruria imita pronto sus formas escultóricas, vasijas,
adornos, e incluso parte del lenguaje decorativo.
El arte
etrusco revela su relación también con el arte de Egipto, Asia Menor y Mesopotamia, y
también muestra elementos itálicos, amén de reflejar de forma distintiva
creencias religiosas etruscas. La mayoría de los conocimientos actuales
proceden de tumbas, que decoraron con paneles funerarios, frescos
mortuorios que seguían el estilo griego, aunque los temas eran interpretados
desde el punto de vista etrusco, como en el fresco que representa a unas Amazonas
luchando con un griego.
La
influencia del arte etrusco sobre los romanos fue evidente desde el siglo VI aC
hasta la preeminencia de los estilos griegos en el siglo III aC.
Su
importancia para la formación de la cultura romana estriba en que le transmitió
ritos religiosos y funerarios, el culto a los familiares, el alfabeto y el
lenguaje, unas técnicas artísticas e iconografías inexistentes en Grecia, como
el arco y la bóveda, o el retrato político o familiar en bronce y mármol.
La
arquitectura etrusca.
La arquitectura de los
etruscos se caracteriza por un urbanismo regular; una tipología muy variada y funcionalista, desde los templos a los túmulos funerarios, de los muros defensivos a las cloacas; el uso junto al sistema constructivo arquitrabado de otro abovedado, basado en dos elementos nuevos en Italia, el arco y la bóveda, que
pasaron a los romanos; la aportación del orden toscano; y el uso masivo del ladrillo para la construcción.
Su
principal aportación en arquitectura es el empleo del arco, que, si bien parece
ser que habían importado de las viejas culturas mesopotámicas, los etruscos
desarrollarán hasta transmitirlo técnicamente perfecto a los romanos. Podemos
seguir su evolución, desde el falso arco de las tumbas, realizado por simple
adición de hiladas horizontales (semejante a la Tumba de Atreo de Micenas)
hasta el verdadero arco de la Porta Augusta de Perugia, construido con dovelas
(talladas en cuña y dirigidas hacia el centro de la apertura), que ya se
sostiene sobre sí mismo. Cabe añadir que el arco verdadero era conocido (aunque
apenas usado) por los egipcios, mesopotámicos y griegos, pero son los etruscos
los primeros en integrarlo en el vocabulario de una arquitectura monumental,
asociado a los órdenes. Del arco derivan la bóveda de cañón al prolongarlo en
sentido longitudinal, y la cúpula al desarrollarlo en un giro completo. También
crean la columna toscana, de basa simple, fuste liso y capitel dórico estilizado.
La columna dórica (izquierda), comparada con la de orden toscano que pasó al arte romano.
No
quedan restos de los palacios etruscos, de los edificios públicos ni de los primeros
templos, todos construidos en madera y ladrillo, y pintados, aunque sí se conservan sus fundamentos pétreos.
Si el
templo griego se construía según un eje simétrico de orientación este-oeste
sobre un terraplén bajo, al que se podía entrar desde una columnata en los
cuatro lados, en cambio un templo etrusco, para satisfacer sus propios
requisitos religiosos, se situaba según un eje simétrico de orientación
norte-sur y sobre un podio alto, con un solo pórtico de cuatro columnas, enfrente de
las tres puertas que conducían a tres habitaciones paralelas para los tres
dioses principales etruscos.
Los
templos etruscos, de los que no queda ningún ejemplo entero, ya que eran de
madera, salvo los cimientos de piedra, pero sí hay reproducciones de la época
en terracota, están muy emparentados con los templos griegos (de hecho la
mayoría de los dioses son los mismos en ambas civilizaciones) con su planta
rectangular y las tres partes principales del alzado, y se caracterizan por
estar elevados sobre un podio, tener una sola escalera de acceso situada en la
fachada principal (siempre dirigida al sur), usar la columna toscana para el
pórtico de dos hileras de cuatro columnas cada una, cerrar la cella
totalmente a los lados y en la parte trasera. Por lo tanto es un modelo de templo próstilo (un solo pórtico, delante) y carece del opistodomos griego.
La
cella estaba dividida en tres partes, para los tres dioses principales, los
antecesores de los romanos Juno, Júpiter y Minerva. No había esculturas en
piedra en las fachadas, pues no hay frisos ni frontones esculpidos, pero desde
el siglo IV se contaba con una decoración escultórica muy abundante en la parte
superior, con placas de terracota.
Había
variaciones sobre este modelo ideal, por ejemplo el templo de Apolo (Apulu en
etrusco) de Veies, que tiene una estructura similar a los templos griegos del
periodo clásico, con decoración escultórica (siempre en terracota) en el
frontón.
Estas
particularidades pasarán a los romanos, aunque estos variarán sensiblemente el
último rasgo al disponer una columnata pseudoperíptera, con las columnas
encajadas parcialmente en el muro de la cella.
Los templos romanos siguieron el
modelo desarrollado por los etruscos.
Las
primeras ciudades etruscas son poblaciones agrícolas, desarrolladas de modo
irregular sobre colinas, pero cuando hacia el siglo VI ocupan parte del litoral
del sur de Italia, en la Campania, podrán realizar fundaciones de nueva planta,
siguiendo un modelo regular, ortogonal, el de los campamentos etruscos, que la
mayoría de los historiadores consideran el antecedente directo de los castra romanos
(apenas habría variaciones entre ambos).
A
partir de entonces la mayoría de las ciudades etruscas se construían en forma
cuadrangular, con fortificaciones, rodeadas por muros reforzados por puertas
dobles y torres. El muro que rodeaba la primera ciudad de Roma, según se dice
construido durante la época del rey Servio Tulio (reinó entre el 578 aC y el
534 aC), era de construcción etrusca, y ya se usaron el arco y la bóveda en
construcciones monumentales como la Cloaca Máxima de Roma.
Arco etrusco en la entrada de las murallas de Perugia.
Fragmento del arco etrusco en la
entrada de las murallas de Perugia.
La puerta de Volterra está muy bien conservada, probablemente con los mismos materiales en el arco, desde su construcción en el siglo III aC.
Las
murallas y las torres etruscas son de gran solidez (firmitas) y
funcionalidad (utilitas), pero tenemos sólo algunos ejemplos bien
conservados, como la Porta Augusta de Perugia, la puerta de Volterra o la puerta de Caere,. Su tipología fue adoptada por los romanos.
Desarrollaron la cloaca como una
construcción abovedada, hasta desarrollar grandes sistemas de alcantarillado,
así como también construyeron acueductos y puentes usando este mismo
sistema abovedado de construcción.
No se han encontrado restos importantes de
casas etruscas, pero sí algunos cimientos, y además el interior de las tumbas y las urnas funerarias con
modelos muy similares de viviendas,
muestran que se centraban en el atrio o sala central abierta en la parte
superior y tenían tejados planos o de dos aguas, de teja y de una a tres
habitaciones. Las muestras más tardías tenían un atrio, con tejado abierto
sobre un estanque para el agua de lluvia, y una logia, un esquema continuado
por los romanos.
Tumbas de túmulo en Tarquinia.
Interior de tumba en Tarquinia.
Cementerio etrusco del Crocifisso
del Tufo (Orvieto), excavado en la toba de una ladera de la montaña. Los
visitantes pueden pasear con libertad e incluso entrar en las tumbas.
Fuera de las ciudades existían
cementerios con las tumbas organizadas como una colmena, verdaderas
ciudades de los muertos, con calles y tumbas-vivienda, en lo que se advierte la
influencia egipcia, lo mismo que ocurrió en la civilización micénica. Las
tumbas familiares eran hipogeos, construidos pues bajo tierra, cubiertos con
grandes bóvedas o cúpulas de piedras superpuestas cubiertas por túmulos cónicos
de tierra.
Las tumbas más tardías, a partir
del 700 aC, imitaron en piedra los interiores de las viviendas, con
varias habitaciones.
La escultura.
Los etruscos, como la mayoría de
los pueblos antiguos, no estimaban el arte por sí mismo, sino que construían
objetos por razones utilitarias o religiosas. Es más, el arte etrusco, aunque
compartía características generales, se diferencia claramente de una ciudad a
otra, reflejando la independencia política de cada una.
Vasos canopos (o canopes), realizados en barro y decorados en la tapa, que guardan las cenizas de los muertos.
El culto a los muertos les lleva a modelar las efigies de los
difuntos que reposan semiacostados unas veces sobre los sarcófagos y otras veces en la tapa de unos recipientes llamados canopes (urnas cinerarias). En todos
los casos la sensación de verismo de las cabezas es extraordinaria, dándonos la
impresión de que son perfectos retratos. Por primera vez en la cuenca
mediterránea aparece el retrato como realidad artística, y este sentido del
retrato real, no idealizado, pervivirá no solo en la cultura romana antigua
sino en toda la cultura mediterránea hasta nuestros días. El material más
utilizado es la terracota (sobre todo en la obra religiosa y funeraria),
seguido por el bronce y sólo algunas veces la piedra.
El matrimonio yacente del sarcófago de Caere o Cerveteri (c. 520-500 aC).
Las obras etruscas más famosas
son casi todas de terracota o arcilla cocida, y esto incluye esculturas en
tapas de sarcófagos o urnas, como el Sarcófago de los esposos de Caere, del
siglo VI aC, actualmente en la Villa Giulia, en Roma. En realidad no es un sarcófago sino una urna funeraria para las cenizas, cubierta con una tapa de extraordinaria calidad escultórica en su estilo arcaico. Se halló en Caere
(Cerveteri) y representa un matrimonio recostado sobre el kline (lecho,
de lo que deriva triclinium), en una cena funeraria, con las manos
tendidas (antes sostenían unas copas de libación), los vestidos y el peinado
muy detallistas, el rostro algo idealizado (ojos almendrados y rasgados al
estilo oriental) pero con rasgos realistas en el bozo del cuello o la barba.
Hoy se han perdido los vivos colores que antes reforzaban la sensación de
realismo.
Con el tiempo la escultura funeraria evoluciona por influencia griega hacia un mayor naturalismo.
Otras modalidades funerarias, en las que se unen la arquitectura y la escultura, son las urnas circulares como las de Tarquinia, el cipo y el settimello.
Urnas de Tarquinia. De forma circular y con tapas, sobresalen del suelo, y algunas de ellas estaban decoradas con relieves.
Cipo, un monolito rectangular o circular, con tapa (a menudo bulbosa como una cebolla) o sin ella, y a menudo porta inscripciones o relieves. Puede tener la urna en su interior o colocarse sobre ella.
El cipo de Settimello es una variante que fusiona la urna y el cipo, decorada con cuatro leones rampantes en las esquinas más palmetas o relieves figurativos en los lados, y una tapa bulbosa.
Hay destacadas obras escultóricas
en los templos, como revestimientos para proteger la madera, los tejados y las
esculturas frontales. Los artistas de Vulci sobresalieron esculpiendo imágenes
de nenfro, una piedra caliza local, de la cual son representativas las esfinges
y el León Alado de Roma.
Los etruscos eran asimismo
excepcionales broncistas, alcanzando su apogeo entre los siglos V y IV, cuando estaban entre los más reputados del Mediterráneo.
La Quimera de
Arezzo (siglos V-IV aC, hoy en el Museo Arqueológico de Florencia) es una
muestra excelente de la escultura zoomórfica en bronce. Representa un monstruo,
medio león, medio quimera con su cola de serpiente, y aúna el realismo con la
fantasía idealista.
La Loba
Capitolina (c. 500 aC, Museo Capitolino de Roma) fundida en bronce,
símbolo de Roma (la loba es su animal totémico), puede entenderse como el
símbolo del traspaso de cultura que Etruria hizo a Roma. Los niños Rómulo
y Remo son un añadido renacentista. Se discute si la Loba
Capitolina es etrusca, lo más probable, o medieval como apunta un estudio reciente.
Guerrero etrusco, probablemente de siglo V aC.
Retrato de un muchacho (c. 300 aC), en el Museo Arqueológico de Florencia, es un bronce de notable realismo.
Mujer etrusca. Siglo II aC.
Estatua de tamaño natural del orador Aulo Metelo, conocida como el Arringatore
(siglo I aC, Museo Arqueológico de Florencia), figura como una de las estatuas
de bronce más admirables de su época, y es considerada una de las más
influyentes en la estatuaria romana posterior, que prosigue su modelo para las
figuras de oradores.
La pintura.
Las pinturas
etruscas que nos han llegado consisten principalmente en frescos sobre las paredes y los techos de piedra de las tumbas, en particular en unas 60 en Tarquinia (Tarquinii en etrusco) y en los alrededores de Chiusi (Clusium en etrusco). También existen algunas
placas pintadas, también de función funeraria.
Se decoran las tumbas con frescos de fino trazo y exquisito colorido, con las figuras estilizadas, pesadas y frecuentemente perfiladas en negro. a menudo con el torso de frente y la cabeza de perfil, en los que se representan escenas alegres y felices de la vida cotidiana. En estas pinturas, que poseen la frescura y la gracia de la pintura griega, y con una notable semejanza con los frescos minoicos de un milenio antes, aunque parece una coincidencia estilística más que una influencia directa, se apuntan ya unas características genuinas del arte etrusco, como son la caracterización de los tipos, la atención al retrato y el gusto por el paisaje.
La pintura del periodo arcaico.
La pintura
etrusca nace en el tercer tercio del siglo VII aC por influencia de los griegos
y los fenicios. Los temas que cultivaron entonces fueron las
escenas del Hades, que es el infierno subterráneo de los griegos; y el viaje a
las Islas Afortunadas, que se supone representan el paraíso etrusco.
Las pinturas aparecen
siempre en el ámbito de lo funerario, puesto que la cerámica pintada la importaban directamente
de Grecia y apenas hubo producción local. Se adoptaron iconografías de los
dioses griegos a los dioses etruscos, que incluso se apropiaron algunas de sus
historias. En las tumbas etruscas excavadas se han encontrado escenas de pocas
figuras, frecuentemente aisladas, en especial cuando se trata de animales
apotropaikos o protectores. A estos animales se añade una clase inexistente en
Grecia, el animal psicopompo o “portador de almas”, para llevarlas al Más Allá.
El animal psicopompo por excelencia es el caballo.
La pintura
etrusca vivió una intensa helenización durante el periodo 550 al 500 aC: pues los
persas invadieron las colonias griegas, lo que motivó a muchos
artistas jonios a exiliarse huyendo de la persecución. Algunos se establecieron
en Etruria, puesto que Grecia poseía excelentes artistas y la competencia en
Etruria era menor. Los principales centros artísticos entonces fueron Tarquinia
y Veyes.
Los temas preferidos por los etruscos eran los funerarios por lo que los ritos
de fecundidad y las escenas eróticas se asociaban a la resurrección. La
simbología de la fecundidad se basaba en ciertos elementos, como los toros,
emblema de la potencia sexual, y las granadas, que significan la fertilidad.
Otros ritos funerarios de frecuente aparición eran los cortejos funerarios, pues la
muerte de un personaje significativo en la comunidad se representaba con un gran
jolgorio general mediante la celebración de festejos que podían durar varios días,
puesto que se consideraba que el muerto alcanzaba la dignidad de un semi-dios
familiar, idea que transmitieron a los romanos.
En el siglo VI aC llega la época de mayor esplendor de la pintura en Tarquinia. Entre las escenas fúnebres destaca esta donde se representan dos figuras masculinas que se despiden dirigiéndose a una puerta, que representa el más allá al que ha ido a parar el difunto. Se cree, por las características de estas pinturas, que los aristas pudieron ser jónicos, aunque no por ello dejamos de ver en ellas la huella del arte etrusco.
La mayoría de los frescos de Tarquinia son descripciones realistas de los juegos, bailes, música y banquetes que acompañaban a los funerales etruscos, como los de la tumba llamada de los Augures (520-510 aC) y los de la denominada tumba del Triclinio (480-470 aC).
Fresco y un fragmento de laTumba de la caza y la pesca (c. 520 aC), de Tarquinia, con su paisaje marítimo, con aves y delfines, pescadores y un cazador.
Fragmento de la Tumba de los
Augures, en Tarquinia (520-510 aC), con una escena de lucha libre y dos personajes que caminan hacia la puerta del Hades, despidiéndose de la vida.
Fragmento del fresco de la Tumba de los Leopardos, Tarquinia (480-470 aC).
Fresco de la Tumba de los Leopardos, Tarquinia (480-470 aC).
Los festejos
fúnebres consistían en fiestas variadas durante las cuales se incineraba el
cadáver en una pira, y se reservaba un sitial vacío al muerto, cuya alma
presidía todo el ritual. Había un gran banquete, seguido de una borrachera
general tras la cual tenían lugar diversas atracciones: bailes, competiciones
de atletismo, circo, sacrificios de animales para leer los augurios en sus
entrañas, luchas de fieras y cacerías, en las cuales se destacaba la del oso,
por su significado trascendental: la sangre regaba el suelo y alimentaba a los
espíritus que habitan en él. Estas complejísimas escenas se reproducían en la
pintura, que empleaba además proporciones jerárquicas para los diversos
personajes que aparecían en ellas. Pero el desarrollo de una cultura propia
etrusca se vio truncado por ciertos acontecimientos relativos al Mediterráneo
en general, que condicionaron el arte del período clásico.
Fragmento de laTumba de las Leonas(c 470 aC), de Tarquinia, con su pareja de bailarines y el flautista.
La pintura del periodo clásico.
Cuando las
guerras del Peloponeso se desataron en Grecia en el último tercio del siglo V
aC, las diferentes metrópolis gregas implicaron en la lucha a sus colonias en el
sur de Italia, e indirectamente afectaron a las ciudades etruscas que
comerciaban e intercambiaban obras de arte con estas colonias. Resultó un sorpresivo
hundimiento económico y cultural, que se reflejó en un cambio del gusto artístico.
Las escenas sangrientas de guerra son habituales, como en la tumba François (finales del siglo IV aC) en Vulci (cerca de Tarquinia), o la escena de las Amazonas luchando con un griego de Tarquinia. También aparecen demonios espantosos de la tierra de la muerte, como en la tumba del Ogro (siglo II aC) de Tarquinia. De esta misma época se conserva la llamadaTumba de los Demonios Azules, en Tarquinia, que introduce una iconografía nueva, como es la barca de Caronte, que cruza las almas de los difuntos a través de la laguna Estigia.
Amazonas luchando con un Griego (h. 370 aC). Fresco. Museo
Arqueológico de Florencia.
Esta imagen
del período arcaico tardío pertenece a un sarcófago hallado en la antigua
colonia griega de Tarquinia, en el sur de Italia. Por su ubicación se enmarca
dentro del área cultural del arte etrusco, pero su estilo maduro hace pensar
que no se deba a un artista etrusco, sino griego. Pudo haber sido realizado
fuera de Etruria y vendido allí, o bien pudo ser obra de un pintor griego
afincado en Tarquinia o sus alrededores. Está pintado a imitación de un relieve
de adorno de un templo o un altar: las figuras se disponen a modo de friso y se
prescinde de ciertos recursos típicamente pictóricos (alusión a la profundidad,
el volumen, etc.). Sorprende el hecho de que aparezcan pigmentos azules, poco
frecuentes en la pintura griega. Por contra, las figuras femeninas no están
sombreadas, lo cual es un rasgo indudablemente griego y no etrusco o romano. Además,
la línea de contorno tiene primacía sobre el color, y aparece un ligero sombreado
en el hombre y el resto de los objetos, meramente decorativo.
Una
consecuencia de la Guerra del Peloponeso fue el enfrentamiento entre las potencias
aliadas de ambos bandos. Así, Tarquinia se enfrentó a la Roma republicana, con grandes daños para
ambas, por lo que se firmó una tregua de 30 años, lo que permitió una cierta
recuperación artística: se incorporan nuevas imágenes del Hades, como el
banquete de Plutón, y se añaden ciclos políticos alusivos a las batallas con
Roma.
Además, se
comienza el retrato funerario, que se diferencia del griego en que éste es un
retrato moral y el etrusco es fisonómico, de un realismo excepcional que de
inmediato también adoptó el arte romano.
Tras la
tregua, la guerra continuó, esta vez desequilibrada hacia el lado romano:
Tarquinia terminó rindiéndose, señalando el final de la independencia de Etruria
y su integración cultural en la dominante civilización romana en los siglos
II-I aC, ya marcados por el dominante influjo cultural del helenismo.
Artes decorativas.
La orfebrería y la cerámica
imitaron la tipología y la decoración de los modelos griegos, importados en grandes
cantidades, sobre todo la cerámica pintada griega.
También
desarrollaron una loza pulida y característica, el bucchero nero, vasos áticos con figuras negras, con adornos
grabados o en relieve.
Juego de joyas del siglo V aC.
Eran excelentes artesanos
de la orfebrería, en la que desarrollaron la técnica de granulado del oro, que
sólo fue posible reproducir en talleres de joyeros de mediados del siglo XX. Destacan los abundantes espejos de bronce, con espléndidos relieves.
*<Príncipes etruscos. Entre
Oriente y Occidente>. Barcelona. Caixafòrum (31 enero-4 mayo 2008).
170 obras. Comisaria: Anna Maura Sommella. Reseña de Antón, Jacinto. Etruscos,
del enigma a la paridad. “El País” (31-I-2008) 46.
*<Les Étrusques et la
Mediterranée. La Cité de Cerveteri>. Lens. Louvre (5 diciembre 2013-10
marzo 2014). Hermoso, Borja. Los etruscos conquistan el Louvre. “El
País” (5-XII-2013) 40.
*<Etrusques, un hymne à la
vie>. París. Musée Maillol (18 septiembre 2013-9 febrero 2014).
Libros.
Bianchi-Bandinelli, Ranuccio;
Giuliano, Antonio. Los
etruscos y la Italia anterior a Roma. Desde la Prehistoria a la Guerra Social.
Trad. de José Antonio Míguez. Col. Universo de las Formas. Aguilar. Madrid.
1974 (1ª español 1965). 436 pp.
Lara Peinado, Federico. Los etruscos.
Pórtico de la historia de Roma. Cátedra. Madrid. 2007. 526 pp.
Maillard. Le Robert. Dictionnaire universel de la peinture. 1975: v. II, 376-384, sobre la pintura etrusca señala que será un precedente destacado de la pintura romana.
Staccioli, Romolo A. Cómo
reconocer el arte etrusco. Médica y Técnica. Barcelona. 1980. 63 pp.
Pasquier,
Alain. Les étrusques et l'Europe. “CdA”, 487 (IX-1992) 124-133.
Altares, Guillermo. La
larga noche de verano de los etruscos. “El País” Semanal 1.950 (9-II-2014)
48-54. Reportaje sobre el pueblo etrusco, nuevamente de moda entre el público.
Los últimos descubrimientos refuerzan las teorías de que tuvieron un origen, al
menos parcial, en Asia Menor.
Elorza, Antonio. Placeres
etruscos. “El País” El Viajero 877 (21-VIII-2015) 8. Viaje por la Toscana
etrusca.
Pacho, Lorena. Descubiertas en Siena 24 estatuas milenarias
en perfecto estado. “El País” (9-XI-2022). [https://www.youtube.com/watch?v=AONRKuGKjOs.
“El País” (9-XI-2022). . “El País” (9-XI-2022).] Son 24 pequeñas esculturas de
bronce del siglo II aC a I dC, encontradas en un santuario etrusco-romano en
las antiguas termas de San Casciano dei Bagni (Siena), guardadas en el barro y
que representan a las divinidades veneradas en el lugar, como Apolo e Hygieia,
individuos comunes y partes del cuerpo que se querían cura. Probablemente son
obras de artistas locales.
Diego Rodríguez de Silva y Velázquez pintó en 1656 su
obra maestra, tal vez la obra cumbre de la pintura de todos los tiempos, él
óleo sobre tela conocido como Las meninas,
Retrato de la infanta Margarita o también
La familia de Felipe IV.
Su gran formato, de 318 x 276 cm, no es excepcional en
el género de retrato en su época, pues el mismo Velázquez tiene retratos de Corte
semejantes y casi todos los grandes maestros barrocos, como Rembrandt y Rubens,
lo abordaron en algún momento.
El cuadro, obra magna de la Colección Real, fue colocado
en sitios distinguidos de los aposentos reales: primero en el Cuarto Bajo (una pieza
del despacho de verano) del Real Alcázar de Madrid, donde consta en 1700 (nº
286); y luego en diversos lugares del Palacio Real Nuevo de Madrid, primero en
la Antesala de la Furriera, en 1747 (nº 4); en el Paso de Tribuna y Trascuartos,
en 1772 (nº 4); en el Cuarto dormitorio de la Serenísima Infanta, 1794 (s. n.);
y en la Pieza Amarilla del Palacio Real de Madrid, en 1814-1818 (nº 4), hasta
su paso definitivo al Museo del Prado en 1819.
Velázquez pintó el cuadro en una sala del Alcázar de
Madrid, el llamado Cuarto del Príncipe, cuyos planos nos han llegado hasta la actualidad,
y cuyo cotejo con el cuadro muestra varias incongruencias, la principal de las
cuales es que en el muro de la derecha había siete ventanas, que Velázquez
reduce a cinco, por lo que, salvo que se hicieran reformas hoy desconocidas, se
puede aventurar que el pintor transformó la realidad para adaptarla a sus fines
estéticos, probablemente para conseguir mejores efectos de claroscuro y mayor
profundidad.
El dominio de la técnica pictórica por Velázquez, en
la cima de su madurez como artista, es excepcional. Destaca la composición de
los personajes en su relación espacial en los distintos planos formados por
grupos (las meninas y la infanta, el pintor, el caballero en la puerta...) y no
es menos genial el realismo con que narra los detalles o lo que es lo mismo, la
complicidad del espectador con el espacio vivido de los reyes, que no aparecen en
el cuadro sino a través del reflejo especular, en la misma posición, pues, que el
espectador imaginario; la función notarial de la realidad por el artista; el
claroscuro sobre los personajes y los objetos; la conseguida perspectiva aérea
que inunda toda la habitación de una atmósfera tan luminosa como misteriosa; la
soltura de la pincelada y la vivacidad del colorido con una paleta que anuncia
dos siglos antes el impresionismo. Con razón, pocos decenios después, Luca
Giordano (conocido como Lucas Jordán en España) dijo de este cuadro: “Es la teología
de la pintura”, y posteriormente fue admirado y estudiado por Goya, Manet o
Picasso, entre una multitud de grandes maestros.
La infanta Margarita (1651-1673), vestida de blanco,
aparece en el centro, rodeada allí por sus “meninas” o damas de compañía, María
Agustina de Sarmiento e Isabel de Velasco, y en la derecha del cuadro
acompañada por dos famosos bufones de la Corte, María Bárbola y Nicolasito
Pertusato, y un perro mastín, detrás de los cuales, en la penumbra de un segundo
plano aparecen conversando un guardadamas, la dueña Marcela de Ulloa. Al fondo,
en una puerta abierta a una escalera, está el aposentador José Nieto, y cerca
de él, en la izquierda (a media distancia hacia el pintor), se ve el reflejo en
un espejo de los reyes, Felipe IV (1605-1665) y Mariana de Austria (1634-1696).
Sobre las paredes cuelgan unas copias de cuadros mitológicos
de Rubens, realizadas por el yerno de Velázquez, el notable pintor Juan Bautista
Martínez del Mazo, el mismo que terminó algunos cuadros dejados inconclusos a
la muerte del maestro y que imitó su estilo en los retratos, pero sin su excelencia
técnica y compositiva.
Simulación virtual del espacio interior sin los personajes.
La extraordinaria complejidad estructural y la ambigüedad
de los motivos y personajes han favorecido la multiplicación de las interpretaciones
sobre el significado de la obra.
Hay dos grandes propuestas sobre la narración de la
escena: según la mayoría de los autores, capta la escena de entrada de la infanta
Margarita en el taller, cuando el pintor está retratando a los reyes, en una habitación
cuyas zonas sucesivas de luz y sombra llevan nuestra mirada hacia el fondo en
el que descuellan los monarcas. La otra opción es que Velázquez está en el acto
de pintar el mismo cuadro que nosotros vemos (así pues, sería una metapintura,
una pintura sobre sí misma) y que son los reyes los que irrumpen en la escena.
La mayoría de los autores concuerdan en señalar que la
intención final de Velázquez es reivindicar la nobleza o al menos el carácter
liberal de la pintura frente al menor reconocimiento social de la artesanía,
pues muchos seguían viendo a los artistas como artesanos de poco valor. Era pues
un tema fundamental para Velázquez en el contexto de la sociedad clasista de la
España del siglo XVII y detalles esclarecedores al respecto serían el autorretrato
del artista a la izquierda del grupo, siendo esta la primera aparición de un
pintor en un retrato de la realeza, y la preciada cruz de Santiago (un símbolo
de alcurnia aristocrática y limpieza de sangre) que adorna su pecho y que según
una tradición pintó el propio rey después del fallecimiento de su amigo, aunque
lo más probable es que la pusiera su yerno.
Las radiografías del cuadro muestran que hubo una
primera versión en la que no aparece el autorretrato del pintor ni el gran lienzo
que éste pinta, sino que en su lugar hay un joven paje o caballero que lleva algo
en las manos, mientras que los otros personajes están básicamente iguales, salvo
pequeñas alteraciones que hacen pensar que se desarrollaba en esa escena el preciso
ritual de beber agua la infanta en un búcaro.
¿Qué significa este importante retoque?
Manuela Mena, conservadora
del Museo del Prado, aventura que el cuadro se pintó en 1656 con una concreta utilidad
política y que fue retocado en 1657 debido a un replanteamiento de esa utilidad.
En resumidas cuentas, Felipe IV, sin sucesor masculino en 1656, tardó en decidir
si debía jurar como heredera la infanta Margarita, la protagonista del cuadro, o
su hermana mayor María Teresa, que a la postre sería reina de Francia, y el cuadro
de Velázquez refleja esa duda y la preferencia que recayó inicialmente en 1656 en
la más joven para la continuación de la dinastía. Pero el nacimiento del infante
Felipe Próspero en 1657 alteró la situación y el cuadro dejó de tener un alto valor
político, por lo que Velázquez pudo retocarlo con preocupaciones particulares
suyas, relacionadas con su nombramiento como caballero de la Orden de Santiago,
logrado ese mismo año; se pinta entonces, con permiso del rey, con el hábito de
la orden en actitud de pintar un gran cuadro de la escena doméstica de la Infanta.
El cuadro (2019). Documental
sobre Las meninas, dirigido por Andrés Sanz, con animación y entrevistas
a Manuela Mena, Javier Portús, Matías Díaz Padrón, Francisco Calvo Serraller,
Jonathan Brown, Fernando Marías, Svetlana Alpers, Keith Christiansen, Michael
Gallagher, Antonio López... [] Reseña de Belinchón, G. Los enigmas de ‘Las
meninas’ se convierten en un thriller. “El País” (25-X-2019).
Exposiciones.
<Velázquez>. Madrid. Museo del Prado (1990).
Cat. Textos de Jonathan Brown, et al, 467 pp.
Libros.
Gállego, Julián. Velázquez, en Pijoan. Historia
del arte. Salvat. Barcelona. 1973. vol. 7, pp. 89-122.
Justi, Carl. Velázquez y su siglo. Espasa-Calpe.
Madrid. 1953 (1888 alemán). Istmo. Madrid. 1999. 735 pp.
López-Rey, José. Velázquez. Le peintre des peintres. Taschen. Colonia.
1996. 2 vs. 261 y 327 pp. 231 y 156 ilus.
López-Rey, José. Velázquez. The Complete Works.
Taschen. Colonia. 1997. 264 pp.
Maravall, José Antonio. Velázquez y el espíritu de
la modernidad. Alianza. Madrid. 1987. 154 pp.
Novela gráfica.
Intxausti, Aurora.Velázquez se lleva el Nacional de Cómic. “El País” (23-X-2015) 34. La novela gráficaLas Meninas, de Santiago González (guion) y Javier Olivares (dibujo).
Artículos.
Serra, Catalina. La austera genialidad de Velázquez. “El País” (18-X-2006) 55.
Comentario. La tumba de Ciro II el Grande en Pasargada.
La tumba de Ciro II.
El rey Ciro II.
Ciro II el Grande, Gran Rey de Persia entre 558 y 530 aC, consolidó primero su dominio sobre los persas y a continuación venció a sus enemigos medos, babilonios y lidios, para fundar el imperio aqueménida que dominó casi toda Asia occidental hasta la invasión de Alejandro Magno dos siglos después. Fue un monarca eminente como estadista y militar, que respetó las culturas y religiones de los países conquistados.
Tras su muerte en una batalla contra los masagetas, en la que Heródoto cuenta que perdió la cabeza, fue enterrado en un anexo del palacio real de su capital, Pasargada.
Mapa de conquistas de Ciro II.
Mapa del imperio persa, con las conquistas de Ciro II y sus sucesores.
La ciudad de Pasargada y la tumba
de Ciro II.
Pasargada es la capital ancestral del reino persa, la primera escogida
por la dinastía aqueménida, antes de Darío I la trasladara a Persépolis, a unos
87 km de distancia hacia el Oeste.
La ciudad se halla casi en el centro de la
región de Pérside, en una cubeta denominada llanura de Murghab, bordeada de
montañas atravesadas por tres pequeños valles que miran hacia la tumba, que
puede ser vista así como el centro de una estrella de tres puntas, cada una de
ellas un camino para los visitantes.
Vista de la llanura de Pasargada.
Estela de Ciro, en su palacio real de Pasargada. Hay una inscripción: "Yo, Ciro, rey de Persia". Durante mucho tiempo se pensó que esta figura híbrida con alas angelicales era un retrato oficial de Ciro II, pero hoy se considera que es una figura persa de origen asirio, conocido como apkallu, con una función de espíritu guardián similar a la de los lamasu tetramorfos que guardaban las puertas de las ciudades.
La tumba fue un lugar sagrado para los sucesores de Ciro, que consiguieron salvarlo de los saqueos durante más de doscientos años. Según una tradición recogida por historiadores griegos, cuando un nuevo rey subía al trono emprendía un viaje al palacio real de Pasargada, y ante la tumba del rey Ciro celebraba una ceremonia, un ritual muy pautado y con probable origen en las costumbres de los primitivos nómadas, en la que se vestía con un austero vestido de piel, tomaba una comida de higos, leche agria y hojas de terebinto, y finalmente se ponía la capa del rey Ciro. Solo entonces se le consideraba ungido con la soberanía de la antigua Pérside.
Pasargada en 1935, con la tumba erecta en el centro, proyectando su sombra.
Vista aérea en 1935, con la tumba a la derecha.
Fotos de la tumba, probablemente c. 1935, en las que se observa que el lugar estaba abandonado e incluso crecía la maleza sobre el monumento.
Las columnas que se divisan han sido retiradas en la más reciente restauración.
Alejandro Magno y la tumba de Ciro
II.
La importancia política de la tumba se revela en la famosa visita que le
rindió el gran monarca macedonio, Alejandro Magno, que sentía gran admiración
por Ciro.
Hay varias versiones sobre esta visita, diferenciadas en un punto
fundamental: si la visitó una o dos veces, lo que tendría consecuencias
distintas.
La opción más probable en mi opinión, en la que sigo a la escritora y
biógrafa Mary Renault y a otros historiadores, es que hizo dos visitas, la
primera en 331 y la segunda en 324. Alejandro, en plena campaña de conquista
del Imperio Persa, llegó a la región de la Pérside y se apoderó de la ciudad de
Persépolis a finales de enero de 331 y en su palacio real residió hasta bien
entrado el mes de mayo, cuando lo abandonó después de un famoso incendio y
prosiguió su campaña en pos de Darío III. Según las fuentes, aprovechó ese
tiempo para emprender al menos una expedición contra los rebeldes de las
montañas vecinas y no hay noticia de que visitara Pasargada, ni tampoco de
otras actividades, lo que es muy extraño dado el intensísimo ritmo vital del
gran conquistador. Las fuentes solo recogen que una partida militar enviada a
Pasargada recogió un tesoro de 6.000 talentos y lo llevó a Persépolis, donde se
centralizaba el tesoro conquistado a los persas. Ahora bien, ¿es creíble que Alejandro
renunciara durante esos tres a cuatro meses a viajar los escasos 85 kilómetros que
separaban las dos capitales, un trayecto que él podía hacer en dos días a lo
máximo? ¿Cómo podía dejar de visitar una de las grandes capitales persas y la
tumba del rey que más admiraba tras su padre Filipo? La razón nos dice que lo
más probable es que la visitase entonces y que en las fuentes históricas de la
época ésta es solo otra laguna de tantas, y siempre hay oscuridad al respecto.
Estaba
custodiada por unos sacerdotes (magos
según la literatura de la época, en referencia a los miembros de una tribu meda
que eran sacerdotes del dios Ahura Mazda) a cambio de una oveja y un caballo
para los sacrificios mensuales, y al abrirla vieron intactos los tesoros de su
interior. No parece probable que Alejandro celebrase la ceremonia de los
monarcas persas ya citada porque todavía no había caído en su poder el rey
Artajerjes III y no se sentía legitimado para coronarse sucesor en Persia (sí,
en cambio, ya lo había hecho en los reinos de Egipto y Babilonia, para los que
alegaba otros derechos legítimos que no cabe aquí apuntar). En todo caso, el
rey macedonio debió mandar que guardasen bien la tumba y probablemente ordenó
un inventario oficial de su rico contenido.
Nos ha llegado una interesante descripción del contenido por Aristóbulo
de Casandrea, un filósofo que acompañó a Alejandro, y cuyo texto ha sobrevivido
en obras posteriores, en especial de Estrabón. No sabemos a ciencia cierta si
lo vio en persona en esta visita o reproduce un informe de otros oficiales
macedonios enviados por Alejandro.
Las paredes estaban cubiertas de espadas, escudos y cascos. El sarcófago
estaba rodeado por un lecho y una mesa, los tres de oro. El cobertor del lecho,
así sobre las alfombras y los tapices de las paredes eran de color púrpura (el
color imperial). Sobre el cobertor del lecho se extendía su vestido real, con la famosa
capa con la que se celebraba el ceremonial de coronación. Sobre la mesa (o diván) estaba su servicio de comida y el
resto del ajuar, con joyas, collares y otros objetos preciados en su vida.
La opción en cambio más repetida, por A. B. Bosworth y Robin Lane Fox
entre los más destacados historiadores, es que Alejandro hizo una sola visita, hacia
febrero del 324, para lo que se basan en que la fuente histórica de referencia,
esto es Quinto Curcio Rufo, solo documenta una visita (aunque el resto de
fuentes no afirmen que solo hubiera una) y esta es indubitablemente la del
324 por el contexto, pues se narra en asociación con su retorno desde la India.
Renault, con buen criterio, considera que el texto del historiador
romano, un republicano crítico del poder imperial, recoge aquí fuentes falsas
de la propaganda ateniense contra Alejandro, a quien querían representar bajo
la peor luz, inmerso como estaba en una brutal represión contra sus posibles enemigos
internos.
Pero podemos preguntarnos, si es más cierta la primera opción, ¿entonces por qué
visitaría Alejandro otra vez la tumba en el 324? La respuesta es que el
contexto político era muy diferente. Seis años antes había muerto asesinado el
último rey aqueménida y Alejandro le había sustituido plenamente como rey,
salvo que todavía no había celebrado la gran ceremonia ritual de la vestimenta y la
comida. Esta segunda visita tendría como objetivo completar su asunción ritual
de la soberanía persa como sucesor legítimo de Ciro, uniendo los mundos de
Occidente y Oriente, un empeño fundamental para Alejandro en sus últimos años.
Vemos pues la enorme importancia política que la tumba de Ciro el Grande tuvo
en su época, como símbolo de la monarquía oriental.
Pero en esta visita del 324, cuando abrió la tumba, se descubrió que la habían
saqueado. Es importante señalar que se encontró en el interior solo un humilde
sarcófago, una vacía mesa de ofrendas y el cadáver fragmentado en el suelo, lo
que indicaba inequívocamente un robo.
Las fuentes indican que los magos vigilantes fueron interrogados mediante
tortura pero que no pudieron dar noticia de quién era el culpable; según algunas
fuentes los magos fueron ejecutados, pero la mayoría informa que se los
dejó en libertad.
Había que seguir buscando a los culpables. Las sospechas recayeron en el
sátrapa de la Pérside, un persa llamado Orxines, descendiente directo de Ciro
el Grande y jefe del cuerpo de ejército de la Pérside en la batalla de
Gaugamela, que había sido perdonado anteriormente por Alejandro y que durante la campaña de este en la India había sustituido al anterior sátrapa,
Frasaortes, sin un nombramiento directo por Alejandro.
Tenemos pues todos los requisitos para una conspiración. ¿Cogió Orxines
las prendas reales para asegurarse para sí mismo el poder ritual y así suceder
a su lejano pariente si algún día decidía rebelarse? ¿Sospechó eso Alejandro y decidió
aprovechar la oportunidad para librarse de un posible pretendiente al trono?
Lo cierto es que Orxines, que al principio rebatió con éxito las
acusaciones de robo (Estrabón, Geografia,
730), fue finalmente acusado, según Boxworth por “el siniestro Bagoas” (se basa
en Curcio Rufo), de expoliar las tumbas reales (la de Ciro y/o las que había
cerca de Persépolis) y de ordenar ejecuciones ilegales, y fue condenado a ser crucificado
(Arriano, Anábasis, VI, 30, 2), al mismo
tiempo que un oficial macedonio que debía haber cuidado mejor el monumento
(Plutarco, Alejandro, 69,3). Nunca
sabremos si fueron los culpables, pero Badian razona con verosimilitud que
probablemente fueron los magos persas los autores del robo, para evitar que
Alejandro se apoderara del contenido de la tumba para cumplimentar el rito real
[Badian, Ernst. Alexander
the Great between two Thrones, en Small, A (ed.). Subject and Power: The Cult of the Ruling Power in Classical Antiquity.
University of Michigan Press. Ann Arbor. 1996:
11-26.].
El macedonio Peucestas, el mismo que había salvado heroicamente a Alejandro en Multan, la capital malia en la India, sucedió en la satrapía a Orxines, y siguió los consejos de Aristóbulo para restaurar la tumba, cuyos tesoros originales habían desaparecido y fueron repuestos (Arriano, Anábasis, VI, 6b, 29) con apropiadas copias de gran valor, que en algún momento posterior fueron nuevamente saqueadas.
Reconstrucción hipotética de la tumba como sería h. 530 aC, cuando la vio por primera vez Alejandro. Es poco probable que originalmente la envolviera el circuito de corredores con columnas inspiradas en los órdenes dórico y corintio, aunque es posible que un gobernante seléucida la reconstruyera de un modo similar, tal vez siguiendo el plan de restauración de la época de Alejandro.
Otra reconstrucción hipotética de la tumba h. 530 aC, con variaciones en los capiteles.
Análisis formal.
Paradisos o jardín persa actual, parecido al modelo original que rodeaba la tumba, pero sin columnatas. El cercano jardín real de Pasargada de Ciro el Grande seguía el modelo cuatripartito de Chahar Bag y sirvió como modelo para los jardines persas de épocas posteriores, hasta la actualidad. El agua se suministraba a través de un sistema de presas, canales y acueductos construidos sobre el río Polvar, a 35 kilómetos. de Pasargada. Jenofonte (Económico, 12) lo describe como un vergel con todo tipo de frutos y bienes.
El conjunto funerario lo compone la tumba propiamente dicha, bastante
bien conservada, más un templete para las ceremonias de culto y un jardín (un paridaide o paradisos persa) de los que apenas queda
rastro, pues las columnas y otros elementos que hoy se ven en algunos grabados
y fotos fueron puestos durante posteriores restauraciones, que comenzaron ya en
el siglo IV aC, y han sido retirados en la actualidad. Un muro de adobe rodeaba
el complejo.
La tumba es una construcción de sillares de piedra caliza gris, de 10,7 metros de alto, de gran sobriedad, acorde con los gustos austeros de Ciro, que muy probablemente aprobó personalmente el plan constructor, que su hijo Cambises II acabaría al tiempo que edificaba también su propia tumba muy cerca, pero ésta quedó inacabada.
Cuenta con sólidos cimientos en previsión de los terremotos que periódicamente asolan la zona, con un elevadísimo basamento doble, el estereóbato inferior de tres gradas anchas y el superior de otras tres más delgadas. Esta base escalonada no es una reminiscencia griega sino que se inspira en las escalinatas de los zigurat mesopotámicos y probablemente en la del elamita de Choga Zambil, próximo a Susa, que es hoy el mejor conservado del mundo.
Zigurat de Choga Zambil.
Sobre este podio escalonado se levanta un pequeño y austero edificio de tres metros de altura, con frontón levemente truncado y un tejado a dos vertientes de enormes losas, al modo de las casas y tumbas anatolias de inspiración griega que Ciro pudo admirar en Lidia —incluso se ha sugerido que los canteros fueron lidios, sean prisioneros o contratados—, todo sin adornos ni relieves exteriores y solo con una pequeña puerta, sobre la cual probablemente discurría la conocida inscripción que leían los visitantes: “Hombre, yo soy Ciro, el que fundó el imperio de los persas y fue rey de Asia. No me envidies por este monumento”. Los muros macizos de 1,5 metros de espesor encierran un interior relativamente pequeño (6,40 x 5,35 metros), sin ventanas.
Al entrar en el pequeño vestíbulo se divisa otra pequeña puerta que lleva a la exigua cámara sepulcral, donde en su tiempo yacía Ciro (tal vez descabezado, si Heródoto no se engañaba respecto a su muerte violenta) en su sarcófago, rodeado del precioso tesoro descrito arriba.
Lateral de la tumba de Ciro. Foto tomada de Wikipedia.
Frontal de la tumba de Ciro. Foto tomada de Wikipedia.
Tumba algo posterior de Bozpar, de modelo similar aunque de menor tamaño. Hay otras en la región, muy parecidas. [https://en.wikipedia.org/wiki/Bozpar]
Inscripción con el nombre de Ciro en el palacio de Pasargada, de forma probablemente similar a la que estaba en la tumba.
Interior de la tumba.
Con el tiempo, la tumba cambió de nombre popular y se adscribió a cultos femeninos, de modo que en la Edad Mediaa se
conocía como la tumba de “la madre de Salomón”. Las primeras visitas documentadas
de viajeros occidentales fueron la del veneciano Giosafat Barbaro en 1474 y del
alemán Albrecht von Maldenslo un siglo después. A partir de entonces se
multiplicaron las visitas, hasta que en el siglo XIX comenzaron las
excavaciones y se atribuyó correctamente a Ciro, gracias a las publicaciones de Curzon (1892) y
Herzfeld (1908).
Ilustración de finales del siglo XVI, según la descripción de Maldenslo.
La construcción de un imperio. Los persas. 43:52. Gran parte versa sobre Ciro II y Darío I, y el enfrentamiento con Alejandro Magno.
Libros antiguos.
Arriano de Nicomedia. Anábasis de
Alejandro Magno. Introducción de Antonio Bravo García. Traducción y notas
de Antonio Guzmán Guerra. Gredos. Madrid. 1982. Libros I-III. 333 pp. Libros
IV-VIII (India). 339 pp. Incluye cronología, índice de nombres…
Curcio, Rufo Quinto. Historia de
Alejandro. Introducción, traducción y notas de Francisco Pejenaute Rubio.
Gredos. Madrid. 1986. 618 pp.
Diodoro Sículo. Biblioteca
histórica. Akal. Madrid. 1986. Libro XVII para el reinado de Alejandro.
Estrabón. Geografía.
Libros modernos.
Badian,
Ernst. Alexander the Great between two
Thrones, en Small, A (ed.). Subject
and Power: The Cult of the Ruling Power in Classical Antiquity. University
of Michigan Press. Ann Arbor. 1996: 11-26.
Bosworth, A. B. Conquest and Empire: the Reign of Alexander
the Great. Cambridge University Press. Cambridge. 1988. Trad.
español. Alejandro Magno. Cambridge University Press. Nueva York.
1996. 490 pp. La visita a la tumba en p. 207.
Lane Fox, Robin. Alejandro Magno:
Conquistador del mundo. Acantilado. Barcelona. 2007. 956 pp. La visita a la
tumba en el capítulo 29, Boda en Susa.
Renault, Mary. Alejandro
Magno. Una biografía. Edhasa.
Barcelona. 1991 (1975 inglés). 254 pp. El tema aparece en varias partes del libro, así como en su
novela El muchacho persa.
Stronach, David. Pasargadae: A Report on the Excavations Conducted by the British Institute of Persian Studies from 1961–63. Oxford University Press. 1978.